Emmanuel Palomares: su carrera, sus personajes y el éxito en México

EMMANUEL PALOMARES: LEADING MAN

Entre caballos, melodrama y una gratitud que no da por sentada, el actor venezolano habla de cómo se construye un personaje, de qué se nutre cuando las cámaras se apagan y de lo que significa, hoy, ser el rostro de la televisión mexicana. A sus 36 años y con una carrera consolidada, Emmanuel Palomares llega a las páginas de NOIR con algo claro: lo más valioso de su carrera no se mide en cifras ni protagonismos sino en el cariño que recibe de la gente.

Setenta y dos capítulos dan para mucho: caballos, rancho, clima, escenas de acción y un hombre que rara vez dice en voz alta lo que le pasa por dentro. Ese hombre es Juan Coraje, el líder que Palomares interpreta en Tierra de Amor y Coraje. Es tradicional, entiende la vida desde el servicio y, en palabras del actor, «se guarda muchas de sus emociones con tal de proteger a los que ama». Encarnarlo implicó meterse en un estado emocional profundo y sostenerlo durante meses, mientras el personaje vivía casi sin tregua en conflicto. Cada jornada traía un obstáculo distinto y, aun así, el balance no tiene queja: «Fue un personaje muy exigente, pero justamente por eso lo disfruté muchísimo desde el primer día».

Palomares viene del baile y de una vida acompañada por la música, y de ahí trae una lógica que traslada a cada rol: actuar y bailar comparten la misma materia, el ritmo. «Cada personaje, cada escena e incluso cada emoción tiene un ritmo distinto», explica, y admite que ese oído entrenado aparece de forma inconsciente cuando construye a alguien nuevo. De ahí su frase más simple y más exacta: «Al final, el cuerpo también cuenta la historia».

Cuando se apagan las luces del set, se alimenta de dos pantallas que no le parecen rivales. Una es la del cine y el teatro de autor, con historias independientes, finales abiertos y propuestas que «nos invitan a despertar la conciencia». La otra es la del entretenimiento comercial, que divierte, relaja y conecta con lo que ocurre en el mundo. Convive con las dos sin jerarquías, convencido de que ese equilibrio afina la mirada: todo lo que observa, siente y vive termina en lo que hace frente a la cámara.

Y esa cámara ya no apunta hacia el mismo lugar. Emmanuel alcanzó la época en que la telenovela era el pan de cada día en los hogares mexicanos y hoy trabaja en un mapa de audiencias repartidas entre series, deportes, documentales y horas de YouTube. Lo que más le impacta de la transformación es la libertad del espectador para decidir qué ver, cómo y cuándo, y de ahí nace su gratitud. «Entre tantas opciones, que una persona decida regalarme parte de su tiempo (…) es algo que valoro muchísimo», dice. Ese cariño, insiste, jamás lo da por sentado.

Con las reglas cambiadas, cambió también su vara. El rating ya no significa lo de antes, así que él lee el éxito en señales más pequeñas: los abrazos sinceros en la calle, alguien que se acerca a hablarle de un personaje, los mensajes de cariño que llegan por redes. Le sigue pareciendo poderoso que una historia entre a la casa del público durante tantos meses. Y sobre la receta para conectar no complica nada: el espectador tiene que verse reflejado, amar, sufrir, emocionarse o encontrar «un pedacito de su propia vida en lo que está viendo». Cuando eso ocurre, el proyecto «ya dejó una huella».

Ser hoy uno de los protagonistas que definen la televisión podría pesar. Pero él lo lee como cosecha. «Cuando comencé, las posibilidades de llegar hasta aquí parecían mínimas», recuerda, y atribuye el resto a su fe y su determinación. Lo vive como un honor y como una responsabilidad: dar siempre lo mejor de sí y estar a la altura del cariño que recibe.

Galanes, villanos, personajes de matices grises: no declara favoritos y a todos los recibe con la misma entrega. Lo que tiene es un método, y lo explica con una analogía casi jurídica. Para interpretar a alguien primero hay que comprenderlo, incluso cuando piensa o actúa de forma opuesta a uno. «Es un poco como un abogado con su cliente: tienes que conocer sus razones, entenderlo y defenderlo sin juzgarlo.» Cada nuevo papel, agrega, le abre otra forma de ver la vida, «y para mí eso siempre es un goce».

Su historial lo confirma. Ha sido un ranchero apasionado por los caballos, un hombre obsesionado capaz de todo por la mujer que ama, uno de dos gemelos separados al nacer, un hombre encarcelado injustamente y otro que nació para vivir de amor. Cuando se le pregunta por el personaje que todavía no ha hecho, no nombra ninguno. “Deseo que el camino me siga sorprendiendo y me lleve a lugares que todavía no imagino». Un anhelo que concluye con un último agradecimiento, para el público que lo ha acompañado y para los productores que confiaron en él.

Créditos:

Fotografía: Santos Fons.
Realización: Vanessa López.
Producción: Yuliet Delgado.
Grooming: Jessica Díaz.
Asistente de moda: Irene González.
Makeup & Hair: Anivar Morillon