Fernanda Castillo habla sobre el éxito, la justicia y el valor del tiempo

FERNANDA CASTILLO: IN DUE TIME

Entre el teatro, el cine, la televisión y una vida familiar que también reclama su espacio, Fernanda Castillo atraviesa un año particularmente intenso. En La Ley de Alicia, una mujer que vuelve a preguntarse por su lugar en el mundo se enfrenta a casos que también terminaron por movilizar a la actriz. Hablamos con ella sobre el privilegio, la justicia, una industria que cambia constantemente y ese lujo que, a diferencia de todos los demás, no se puede comprar: el tiempo.

Director editorial: @gerardangulo
Fotografía: @frances.rou
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Makeup: @ger.parra
Hair: @alvarezomar
Joyería: @bvlgari
Producción: @_yulietd
Asistente de moda: @ser.mua @dani.bcns
Video y edición: @alejandrocesac
Entrevista: @luistellez

Acaba de regresar de Milán. No alcanzó a acostumbrarse al horario europeo ni al mexicano, y entre una cosa aparece otra. Este año estrenó La Casa de los Espíritus, regresó a Hoy No Me Puedo Levantar y ahora protagoniza La Ley de Alicia. A eso se suma una familia que, como ella misma dice, también le pide que esté. ‘Yo tampoco tengo una respuesta a eso, estoy haciéndome a la idea’, dice cuando le preguntamos a qué hora parpadea entre tantos proyectos. ‘La verdad es que este año ha sido un año de cosechar muchas cosas y de echar para adelante muchos proyectos’.

Para Castillo, los personajes no llegan por accidente. ‘Existe una mística entre actores en la que siempre decimos que los personajes tú no los eliges, el personaje te elige’. La idea puede sonar espiritual, pero para ella tiene consecuencias muy concretas. Cada personaje, dice, llega con algo que puede ayudar a entender diferentes cosas. En el caso de Alicia, uno de los puntos de encuentro está en la búsqueda de un balance cuando hay distintas partes de la vida que reclaman atención al mismo tiempo.

En la serie, Alicia ha tomado decisiones en función de su familia, específicamente del proyecto de vida de su esposo. Conforme avanza la historia y después de que todo eso se derrumbe en medio de un escándalo, empieza también a cuestionarse dónde había quedado ella dentro de todo eso. Su regreso a la profesión se convierte en el camino a través del cual comienza a hacerse otras preguntas. Y en ese proceso aparece otro tema que para ella resulta igual de importante: la justicia.

‘Tu lucha no puede ser solo salir adelante, triunfar como ser humano o triunfar en tu familia, sino un sentimiento de justicia de que eres un ciudadano del mundo también’, dice. ‘Eres parte del engranaje de que las cosas funcionen o no en el mundo. ¿Qué parte eres tú?’. Por eso los casos de la serie terminaron siendo algo más que material de trabajo. Algunos la tocaron directamente. Habla de uno sobre un joven que permanece en prisión porque no habla español y no cuenta con un intérprete que le permita defenderse. Habla también de un caso sobre violencia hacia mujeres embarazadas, particularmente cercano porque ella misma es madre. ‘Hay muchísimos casos que me despertaron. Conforme iban avanzando, los casos permeaban en el personaje, pero permeaban mucho en mí’, dice.

La serie parte de The Good Wife, pero la actriz insiste en que trasladar una historia a México implicaba mucho más que cambiar las locaciones. Las preguntas también tenían que cambiar. ‘No era lo mismo una mujer buscando su emancipación y su redescubrimiento hace 20 años que hoy’, explica. ‘Como no es lo mismo el sistema legal de Estados Unidos que el de México, tampoco son las mismas preguntas que nos hacemos con los diferentes casos el día de hoy’.

Uno de los aspectos que más le interesan de Alicia es precisamente que no se trata de un personaje que tenga todas las respuestas. En uno de los capítulos, Alicia enfrenta una contradicción cuando una empleada le recuerda que ella también había sido parte de ese mundo que ahora comienza a cuestionar. ‘Eso me parece precioso de la serie, que no hay este punto donde ella es buena. Ella también se equivoca un montón’, dice. ‘Ella también se da cuenta de que vive en un lugar de privilegio donde hay muchas cosas que no se ha preguntado y de las que no se ha hecho responsable. Como nos pasa a todos’.

Es una idea que parece extenderse más allá de la serie. Después de más de dos décadas trabajando, también habla de una industria que cambia constantemente, aunque no necesariamente siempre hacia adelante. Le tocó crecer en una televisión dominada por dos grandes opciones y después vivir la llegada del streaming, la multiplicación de plataformas y un público que ahora tiene frente a sí un catálogo prácticamente inagotable.

Lo que más le sorprende es que, después de todos esos cambios, algunos códigos parecen regresar. ‘Estamos empezando a volver a contar historias como se contaban hace 30 años’, dice. Y entre ellos reconoce una búsqueda particularmente insistente de la juventud: protagonistas de 20 años, personajes femeninos que parecen escritos para otra generación y una industria que todavía intenta resolverlo todo haciendo más jóvenes a sus protagonistas. ‘Hay una búsqueda exacerbada de la juventud como si fuera la respuesta’, dice. ‘Pareciera que estamos repitiendo los círculos una y otra vez’.

Para alguien que ha construido una carrera atravesando televisión, cine y teatro, el éxito tampoco parece estar relacionado con permanecer siempre en el mismo lugar. Lo entiende como una carrera de resistencia. ‘Yo creo que el éxito tiene que ver con la trascendencia’, afirma. ‘Solo te das cuenta de si algo funcionó, si permeó en la gente a lo largo del tiempo’. Quizá por eso habla de actuar de una manera que va más allá de la idea tradicional de una carrera. ‘Yo no actúo porque me guste la fama. Para mí es una misión de vida’, dice. ‘Siento que yo soy herramienta de algo más grande para hacer una revolución’.

Para ella, actuar consiste también en provocar una pregunta, aunque sea pequeña. ‘Si con un proyecto que yo hago alguien se pregunta algo, o si algo de lo que yo hago transforma a alguien, yo creo que para eso hago lo que hago’. Y entonces aparece el tema que atraviesa buena parte de esta conversación: el tiempo. No como una preocupación abstracta, sino como algo que se vuelve más evidente mientras una carrera y una vida avanzan.

Cuando le preguntamos cuál es el verdadero lujo de la vida, no duda. ‘El tiempo’. No el dinero, no la fama, no el acceso. El tiempo porque no puede recuperarse. Porque los hijos crecen. Porque hay conversaciones que no suceden dos veces. Porque hay decisiones que tomas y a las que tampoco puedes regresar. ‘Yo hoy en día agradezco el tiempo que tengo’, dice. ‘Hay que tener el valor de estar en el lugar donde debes estar para de verdad disfrutarlo. Los momentos no se congelan’.

Lo entiende particularmente bien ahora que regresó a Hoy No Me Puedo Levantar, dos décadas después de haber pisado por primera vez el mismo escenario. Antes, cuenta, estaba demasiado preocupada por no ser suficiente, por el futuro, por todo aquello que podía salir mal. Ahora puede mirar el mismo lugar desde otra perspectiva. ‘Ahora que he regresado, además de que lo estoy disfrutando muchísimo, lo estoy disfrutando porque tengo la conciencia de: ‘¿Por qué no lo disfruté antes?’’.

El tiempo hizo su parte. Le dio perspectiva, confianza, distancia. Pero también le enseñó algo más incómodo: que no siempre existe una segunda oportunidad para regresar. Por eso cuestiona la obsesión contemporánea con lo que sigue. El próximo proyecto, la próxima temporada, el próximo teléfono, la siguiente versión de uno mismo. ‘Siempre estamos pensando en qué es lo siguiente’, dice. ‘Y donde siempre estamos esperando lo siguiente, rara vez nos comprometemos con las cosas del presente’.

Después recuerda a sus compañeros de Hoy No Me Puedo Levantar, a los nueve que se subieron al escenario por primera vez y que, veinte años después, siguen teniendo la posibilidad de volver a encontrarse. ‘Simplemente el hecho de que estemos vivos, que podamos entrar con nuestras dos piernas, que a pesar de las pérdidas podamos volver a llegar y abrazarnos y que estemos bien, eso ya es un enorme regalo, porque podría ser que no’. Quizá esa sea la clase de lujo que Castillo está aprendiendo a reconocer ahora: no tener más tiempo, sino estar verdaderamente presente en el que ya tiene.