¿Qué pasó con Phia? El escándalo de Phoebe Gates y el “cookie stuffing”

EL IMPERIO DE LOS DESCUENTOS QUE SE TAMBALEÓ: EL CASO PHIA Y SU SOMBRA DE FRAUDE

En el universo de las startups, pocas historias tienen el brillo suficiente para cruzar del mundo tecnológico al de las revistas de sociedad. Phia lo logró. Nacida como una promesa de compras inteligentes —una extensión capaz de rastrear precios, cupones y descuentos con la precisión de un asistente de inteligencia artificial— la empresa cofundada por Phoebe Gates y Sophia Kianni conquistó algo más valioso que usuarios, los titulares. Detrás de su fachada pulcra y su respaldo de celebridades como Khloé Kardashian, Paris Hilton y Sydney Sweeney, se escondía sin embargo un mecanismo que hoy la tiene en el centro de una tormenta legal y reputacional.

La caída no fue por falta de mercado ni por un producto mal pensado. Fue, según una serie de investigaciones periodísticas, por una decisión deliberada, inflar sus cifras a través de una técnica conocida como cookie stuffing, una práctica que los especialistas en derecho digital no dudan en calificar de fraude. Lo que empezó como una acusación aislada se ha convertido, con el paso de las semanas, en un expediente cada vez más incómodo para sus fundadoras.

Phoebe Gates, hija de Bill Gates, enfrenta un escándalo que pone en duda el verdadero motor detrás del éxito de su startup – @phoebegates

¿Qué es Phia y quiénes son sus fundadoras?

Phia se presentó al mundo como una herramienta de compras asistida por inteligencia artificial, pensada para encontrar automáticamente el mejor precio y los códigos de descuento disponibles al momento de pagar en miles de tiendas online. Sus creadoras, Phoebe Gates —hija menor de Bill Gates— y Sophia Kianni, se conocieron durante sus años universitarios en Stanford, y construyeron juntas una compañía que rápidamente se volvió sinónimo de ambición joven, glamour y tecnología de vanguardia.

¿Por qué Phia está en problemas?

El origen del escándalo se remonta a una investigación de Bloomberg que reveló que buena parte del crecimiento de Phia no era orgánico. La firma se atribuía comisiones por compras que, en rigor, no había generado. Meses después, una segunda investigación de ese mismo medio profundizó el golpe, según documentos internos y testimonios, las fundadoras habrían conocido la existencia de esta práctica desde diciembre, es decir, con al menos siete meses de anticipación al momento en que la controversia salió a la luz pública.

¿Qué es el «cookie stuffing» y cómo funcionaba?

Para comprender el conflicto conviene entender primero cómo funciona, en condiciones normales, el marketing de afiliados, cuando un usuario compra a través del enlace de un creador o una plataforma, se genera una pequeña marca digital —la llamada cookie— que le atribuye una comisión a quien originó esa venta. Es un sistema transparente que sostiene a buena parte de la economía digital actual.

El cookie stuffing distorsiona esa lógica. Consiste en insertar esa marca de forma encubierta, sin que el usuario lo sepa ni lo consienta, generalmente abriendo una pestaña invisible durante el proceso de pago. Según las investigaciones citadas, la extensión de Phia habría hecho precisamente eso, colarse en la pasarela de compra para adjudicarse el crédito de una transacción ajena.

¿Phia se quedaba con comisiones de compras que no había generado?

Los números hablan por sí solos. De acuerdo con los reportes, en junio pasado más de la mitad del volumen de ventas que Phia reclamaba como propio provenía de esta atribución cuestionada. El dato definitivo llegó cuando la función fue desactivada, el 7 de julio, los ingresos diarios de la compañía cayeron de aproximadamente 80.000 dólares a una cifra que osciló entre 10.000 y 28.000. Una diferencia demasiado abrupta para tratarse, como sostuvo inicialmente la empresa, de un simple error técnico.

¿Cuánto dinero había levantado Phia?

El proyecto no partía de cero ni operaba en la sombra. Phia había recaudado más de 43 millones de dólares en capital y alcanzó una valoración cercana a los 185 millones de dólares, cifras que la ubicaron rápidamente entre las startups jóvenes más comentadas del sector retail tecnológico.

¿Qué celebridades invirtieron en Phia?

Parte del atractivo mediático de la compañía radicó en su lista de inversoras, entre las que figuran nombres como Khloé Kardashian, Hailey Bieber y Paris Hilton, además del interés público generado por figuras como Sydney Sweeney. Ese respaldo le dio a Phia un aura aspiracional poco habitual para una startup en etapa temprana.

Sophia Kianni y Phoebe Gates, fundadoras de Phia – @phia

¿Qué dijo Phoebe Gates sobre la polémica?

En un primer momento, un vocero de la compañía atribuyó el problema a un fallo de software del que apenas se habían enterado. Sin embargo, reportes posteriores —basados en mensajes internos de la plataforma Slack— sugieren que la función cuestionada era en realidad una herramienta activable y desactivable a voluntad, y que tanto Gates como Kianni habrían discutido su uso con su equipo mucho antes de que el caso se hiciera público. Desde la empresa aseguraron estar revisando cada transacción y comprometiéndose a devolver los montos mal atribuidos a sus socios comerciales.

Tras el estallido de la controversia, la compañía retiró la función señalada y anunció la incorporación de un responsable de cumplimiento normativo, además de iniciar un proceso de reversión de transacciones hacia las marcas afectadas, entre las que se mencionan cadenas como Nike, Gap y Nordstrom.

¿Qué sigue para Phia y sus fundadoras?

Por ahora, ninguna de las fundadoras enfrenta cargos formales. No obstante, la práctica en cuestión podría eventualmente investigarse bajo figuras de fraude electrónico federal en Estados Unidos, un delito cuya pena máxima asciende a 20 años de prisión. Los expertos legales consultados por distintos medios coinciden en que, para llegar a una condena penal, debería probarse la existencia de intención y conocimiento deliberado del hecho, un umbral considerablemente más alto que el de una simple sanción civil o económica.

El caso Phia expone algo que trasciende a la propia empresa, la tensión entre el crecimiento acelerado que exige el mundo de las startups y los límites éticos que ese mismo ecosistema suele pasar por alto. Un apellido reconocido, un puñado de inversoras célebres y una valoración millonaria construyeron, durante un tiempo, una narrativa perfecta. Pero ni la fama ni el capital resultaron suficientes para sostener un modelo de negocio que, según las pruebas reunidas hasta ahora, dependía en buena medida de una cifra que no le pertenecía. Lo que ocurra de aquí en adelante con Phoebe Gates y Sophia Kianni dependerá menos de la opinión pública que de lo que determinen, con el tiempo, los tribunales.