Alejandra Herrera habla de su carrera, el cine mexicano y actuar

ALEJANDRA HERRERA: LA POSIBILIDAD DE SER

En medio de una agenda marcada por rodajes, estrenos y nuevos proyectos, Alejandra Herrera encuentra un raro momento de pausa. La actriz mexicana atraviesa uno de los momentos más fértiles de su carrera: actualmente graba una nueva serie, prepara el estreno de una coproducción entre México y España junto a Ángeles Cruz y continúa recogiendo los frutos de proyectos recientes como El ritual del Nahual, mientras otro trabajo para Netflix espera el momento adecuado para ser anunciado. Sin embargo, lejos de hablar únicamente de los proyectos que vienen, Herrera prefiere detenerse en aquello que ha sostenido su trayectoria durante más de una década: la búsqueda constante de historias capaces de transformar la manera en que entendemos el mundo y a nosotros mismos.

Lo curioso es que la actuación no fue el plan original. Antes de los sets de filmación y los festivales internacionales, estudió Comunicación en la UNAM y se tituló como comunicóloga. Fue durante esos años universitarios cuando comenzó a sentir que algo faltaba. La respuesta apareció en un taller de teatro ligado al Centro Universitario de Teatro, una experiencia que terminaría por cambiar el rumbo de su vida. Desde entonces inició una formación rigurosa e incesante, estudiando con maestros y compañías de distintos países, una búsqueda que años después la llevaría hasta París para trabajar con Yoshio Ida, el legendario colaborador de Peter Brook, quien seleccionó únicamente a ocho actrices y ocho actores de todo el mundo para uno de sus talleres.

Desde entonces no ha dejado de trabajar. Su carrera comenzó formalmente en 2014 y, más de una década después, sigue descubriendo nuevas formas de habitar personajes. Aunque muchos actores hablan de elegir proyectos, Herrera ha llegado a una conclusión distinta. “Muchas personas me preguntan cómo escojo mis proyectos, pero la verdad es que los proyectos me eligen a mí. Mi carrera ha sido así desde el principio. Los personajes llegan en momentos muy específicos de mi vida y terminan enseñándome algo sobre mí misma”. Al mirar atrás, identifica una evolución evidente: de mujeres tímidas, vulneradas y atravesadas por distintas formas de violencia a personajes cada vez más complejos, independientes y combativos. Una transformación que, asegura, no solo habla de ella, sino también de la evolución de las historias que hoy se cuentan en México.

Para la actriz, esta transformación individual refleja un cambio más profundo dentro de las narrativas audiovisuales del país. Durante décadas, gran parte de las historias estuvieron atravesadas por una representación limitada de la mujer, heredada en buena medida de ciertos imaginarios del cine clásico. Hoy, asegura, el panorama comienza a abrirse hacia otros horizontes.

“Estamos dejando atrás la idea de la mujer que espera, la mujer abnegada que vive para los demás. Ahora vemos mujeres independientes, mujeres que sostienen familias enteras, que toman decisiones, que lideran equipos, que salen al mundo y ocupan espacios que históricamente parecían reservados para otros. Lo interesante es que esas mujeres no son nuevas. Son las mujeres mexicanas que siempre han existido. Las que mantienen unidas a las familias, las que educan, las que trabajan, las que sostienen comunidades enteras. Lo que está cambiando es que por fin las estamos viendo representadas en la pantalla”.

Esa mirada crítica también la acompaña cuando trabaja fuera de México. Recuerda, por ejemplo, una conversación con un director extranjero que le sugirió modificar su inglés para que sonara menos fluido. Su respuesta fue inmediata: si existía una razón narrativa que justificara esa decisión, estaba dispuesta a hacerlo; si se trataba de un estereotipo, no.

“Muchas mexicanas hablamos bien inglés. Hay que empezar a romper ciertas ideas preconcebidas”. La anécdota resume una convicción que atraviesa toda su carrera: la necesidad de cuestionar las representaciones simplistas y reclamar narrativas más complejas sobre lo que significa ser mexicana. Una postura que inevitablemente conduce la conversación hacia el papel social del arte.

Para Herrera, actuar implica una responsabilidad que va mucho más allá del entretenimiento. En una época en la que las películas y las series suelen entenderse como una forma de evasión, ella defiende la capacidad de las historias para generar preguntas, incomodar y abrir nuevas conversaciones. “Todo arte es político porque toda expresión humana es política. Los actores no hablamos únicamente por nosotros. Hablamos por historias que muchas veces no han sido escuchadas, por personas que no siempre tienen visibilidad. Nuestra labor no es solamente aparecer en una pantalla; nuestra labor es hacer visible algo, generar preguntas, provocar que alguien salga de una sala de cine o termine una serie pensando distinto a como pensaba antes. Cuando una historia logra eso, ya hizo algo importante”.

Quizá por esa misma razón, los reconocimientos que ha recibido en festivales internacionales no los entiende únicamente como logros personales. Las nominaciones en espacios como Tribeca, Red Nation Film Festival y otros encuentros especializados alrededor del mundo representan, para ella, la confirmación de que existen historias mexicanas capaces de dialogar con audiencias globales sin perder su identidad.

Aun así, considera que uno de los grandes desafíos pendientes para la industria nacional sigue siendo la distribución. Mientras numerosas producciones mexicanas recorren festivales en Europa, Asia y América, muchas veces resultan prácticamente imposibles de encontrar para el público local. “Tenemos un cine mexicano extraordinario que viaja por el mundo, que gana premios y que genera conversación en otros países. El problema es que muchas veces ni siquiera podemos verlo aquí. Hace falta que esas historias encuentren caminos para llegar a las personas porque el talento existe y las historias también”.

Después de más de diez años de carrera, habla de su oficio con la serenidad de quien ha aprendido a convivir con la incertidumbre. Si actuar le ha permitido explorar múltiples vidas dentro de una sola, también le ha enseñado a aceptar aquello que no puede controlar. Cuando se le pregunta qué es lo mejor de la profesión, responde que es “la posibilidad del ser”. Lo más difícil, en cambio, es la incertidumbre permanente que acompaña cada etapa del camino: terminar un proyecto sin saber cuál será el siguiente, habitar la espera y seguir adelante aun cuando no existen garantías.

Quizá ahí reside la verdadera esencia de su oficio. No en los festivales, los reconocimientos o los personajes que quedan inmortalizados en la pantalla, sino en la disposición constante a transformarse. A aceptar que cada historia puede cambiar algo en quien la interpreta y también en quien la observa. Después de una década frente a las cámaras, Alejandra Herrera sigue encontrando en la actuación un espacio para explorar, cuestionar y descubrir nuevas posibilidades de ser. Y tal vez esa búsqueda, más que cualquier papel, es la que ha definido su trayectoria hasta ahora.