Erick Elías habla de la evolución en el entretenimiento

ERICK ELIAS: THE ROAD AHEAD

Actor, productor y creativo inquieto, Erick Elías ha recorrido todos los caminos de la industria del entretenimiento: desde la era de las grandes telenovelas hasta las nuevas fronteras digitales, construyendo una carrera marcada por la versatilidad, la curiosidad y la disposición constante a tomar rutas inesperadas. Como un Jeep, ha sabido adaptarse a cualquier terreno sin perder su esencia.

A propósito de Entre padre e hijo, la microserie que apuesta por los nuevos hábitos de consumo, el actor nos habla sobre la evolución del entretenimiento, los riesgos de innovar, el impacto de la inteligencia artificial y su visión como productor. Una conversación sobre adaptación, reinvención y cómo mantenerse en movimiento, incluso cuando el terreno cambia por completo.

Por Luis Téllez

Créditos:
Director editorial y realizador: @gerardangulo
Fotografía: @carlos_ruizc
Video: @alejandrocesac
Grooming: @karianamua
Asistentes de moda: Andrea Amaro y Paulina Cortez
Asistentes de fotografía: @ivanovich_as
Producción: @_yulietd
Entrevista: @luistellez
Locación: @losvagones

Si algo ha definido la carrera de Erick Elías es su capacidad para seguir avanzando, aun cuando el camino cambia de dirección. Lo hizo cuando las telenovelas dominaban la conversación cultural, cuando el streaming transformó la industria y ahora, frente al auge de los formatos ultracortos que prometen redefinir una vez más la manera en que consumimos historias. Por eso, cuando llegó a sus manos Entre padre e hijo, una microserie de Netflix con capítulos de apenas unos minutos, la decisión no fue inmediata. Existían dudas, sobre todo porque el formato arrastraba una reputación cuestionada dentro del gremio. Sin embargo, precisamente ahí encontró una razón para involucrarse. «Tuve muchas dudas de si hacer algo así o no», reconoce. «Lo que se ha escuchado últimamente de los verticales muchas veces es negativo, que son contenidos de mala calidad. Pero también creo que estoy en una etapa donde me interesa entrarle a cosas nuevas y entender lo que está pasando».

La industria ha cambiado radicalmente desde que comenzó su carrera. En su momento, las telenovelas congregaban a millones de espectadores frente al televisor cada noche y las opciones de entretenimiento eran mucho más limitadas. Luego vino la revolución digital, el surgimiento de las plataformas y la resistencia inicial de quienes veían estos cambios como una amenaza. «Me tocó la etapa de los noventa y los dos mil, en la que hacíamos novelas y todo México veía lo que nos ponían a las nueve de la noche. Cuando salió Netflix, muchos actores y cineastas decían que no le iban a entrar porque estaban matando las pantallas. Y mira dónde estamos hoy. Las plataformas son el futuro. Creo que esos riesgos hay que tomarlos». Para él, los formatos ultracortos forman parte de esa misma evolución y merecen ser observados con la misma apertura con la que la industria terminó abrazando el streaming.

Más allá del formato, lo que terminó de convencerlo fue la historia. Al leer el guion encontró un melodrama clásico, lleno de giros inesperados, secretos familiares y emociones intensas. Un relato que, en sus palabras, funciona como un homenaje a las telenovelas en su estado más puro. «Hay que abrazar el género y jugarlo. Siempre se ha dicho que los mexicanos somos muy buenos haciendo y viendo telenovelas, entonces ¿por qué no entrarle también a este juego?». El reto, explica, estuvo en condensar toda la información emocional y narrativa que normalmente se desarrolla durante horas en capítulos de apenas unos minutos. «Tenemos muy poco tiempo para presentar un personaje y para que el espectador entienda quién es, qué le pasa y por qué debería importarle. En una serie tradicional tienes mucho más espacio. Aquí todo sucede muy rápido y eso puede ser incluso más complicado».

Aunque reconoce que el proyecto nació como un experimento, recuerda el rodaje con especial entusiasmo. Existía una sensación compartida de estar explorando un territorio nuevo, sin certezas sobre el resultado final. «Todos sabíamos que era algo distinto. No sabíamos dónde iba a acabar esto ni qué iba a pasar con el formato, pero una vez que estuvimos en el set nos divertimos muchísimo». Esa incertidumbre terminó convirtiéndose en parte del atractivo. Para alguien que ha construido una carrera a partir de asumir riesgos y adaptarse a las nuevas circunstancias, la posibilidad de participar en uno de los primeros fenómenos de este tipo en español representaba una oportunidad difícil de ignorar.

Uno de los temas que más le interesa es la manera en que están cambiando los hábitos de consumo. Lejos de pensar que las microseries representan una amenaza para los formatos tradicionales, considera que simplemente responden a necesidades diferentes. Hay espacio para todo. Una cosa no sustituye a la otra. Incluso él mismo se enfrenta a veces al desafío de encontrar tiempo para comprometerse con series de varias temporadas y capítulos de una hora. «Veo una serie que tiene cinco temporadas y pienso: ¿en qué momento voy a dedicarle setenta horas de mi vida a esto?». Para él, la existencia de contenidos breves amplía las posibilidades para distintos tipos de espectadores y responde a una realidad que se vuelve cada vez más evidente, especialmente cuando observa a las nuevas generaciones.

Sus hijas son, quizás, su mejor laboratorio para entender estos cambios. «Lo veo en ellas todo el tiempo. Si no están haciendo scroll, están viendo algo mientras esperan entrar al dentista o mientras hacen otra actividad. La forma en que consumen contenido es completamente distinta». Ese comportamiento lo lleva a pensar que el fenómeno de las microseries no puede analizarse únicamente desde una perspectiva narrativa o comercial, sino también psicológica. Los capítulos cortos, los finales abruptos y los constantes cliffhangers generan dinámicas de consumo muy particulares. «Hay algo muy interesante en tener un gancho cada siete minutos. Ya sea ansiedad o placer, pero sí genera una necesidad de seguir viendo. También está esta sensación de satisfacción inmediata, de ir avanzando constantemente. Son mecanismos distintos a los que tienen otros formatos».

Como era de esperarse, el proyecto también generó críticas. Algunas provenientes de espectadores confundidos por el formato y otras de colegas preocupados por el impacto que este tipo de contenidos pudiera tener en la industria audiovisual. Erick las escucha, pero cree que muchas veces parten de una comparación equivocada. «No podemos comparar peras con manzanas. Es otra cosa completamente distinta». Lejos de sentirse a la defensiva, habla del tema con la convicción de quien considera que estos fenómenos merecen ser estudiados. Después de todo, Entre padre e hijo logró un alcance internacional considerable y encontró audiencias en múltiples países e idiomas. «Por más comentarios que vea en redes sociales, hubo un fenómeno global que ocurrió y eso hay que analizarlo. Como creadores y productores tenemos que entender qué está pasando psicológica y generacionalmente para ver cómo podemos jugar con esas piezas».

Esa inquietud también alimenta su trabajo detrás de cámaras. Actualmente desarrolla proyectos desde su propia productora y gran parte de su atención está puesta precisamente en entender cómo convivirán las nuevas tecnologías con formas más tradicionales de creación artística. La inteligencia artificial ocupa un lugar central en esas conversaciones. «Ya está presente incluso en nuestros contratos. Hay páginas enteras dedicadas a qué va a pasar con la inteligencia artificial y con la imagen de los actores». El escenario lo fascina y le preocupa al mismo tiempo. Por un lado, reconoce las posibilidades creativas que ofrece; por otro, entiende la necesidad de establecer límites y mecanismos de protección. Frente a ese panorama, busca una síntesis que combine innovación y regreso a los orígenes. «Estamos trabajando en una mezcla interesante. Queremos explorar estas nuevas herramientas, pero también volver al teatro, a las experiencias en vivo, a los lugares donde comenzó todo».

Cuando la conversación se aleja de la industria y se vuelve más personal, aparece un Erick mucho más reflexivo. Habla de la familia, de los afectos, del tiempo compartido y de la posibilidad de disfrutar las cosas simples. También habla de la pintura, una faceta poco conocida que se ha convertido en uno de sus refugios más importantes. A diferencia de la actuación, donde interpreta personajes escritos por otros y responde a una visión colectiva, la pintura le ofrece un espacio completamente libre. «Estoy solo frente a un lienzo en blanco y puedo hacer lo que quiera. Si algo no me gusta, le pongo blanco encima y vuelvo a empezar». Es, quizás, uno de los pocos lugares donde no existe la presión de una audiencia ni la necesidad de responder a expectativas ajenas.