Alejandro de la Madrid: las mil y un vidas de un actor

LAS MIL Y UN VIDAS DE ALEJANDRO DE LA MADRID

Alejandro de la Madrid, nació y creció queriendo ser actor. Una profesión con la que puedes jugar con identidades y vidas que no son tuyas, pero también una forma muy particular para descubrir quién eres. “Para interpretar a otros inevitablemente tienes que mirar hacia adentro. Cada personaje te confronta con partes de ti que quizá no habías explorado: la luz, la sombra, la fragilidad, la ambición”. 

Incursionó en este mundo a los 15 años de edad a través del teatro, ese mágico lugar donde cada función es única e irrepetible, moldeada por la energía viva del público, de los actores e incluso el estado emocional de esa noche. “Esa fragilidad es justamente su magia. Sabes que lo que está ocurriendo ahí no se va a repetir jamás de la misma manera, y eso crea una conexión muy poderosa entre el escenario y la gente que está mirando.” 

Fue hasta 1996, cuando tenía 19, cuando llegó a la televisión. ¿Lo recuerdan en la telenovela Tu y yo? Desde entonces ha sido una cara omnipresente en la pantalla chica, por lo que, inevitablemente (y sin esperarlo), le ha tocado presenciar tanto la gloria como la “decadencia” de lo que alguna vez fue el medio de comunicación rey. “Antes la televisión tenía un alcance casi absoluto y las historias se consumían de manera colectiva; hoy la audiencia está fragmentada y cada quien ve lo que quiere, cuando quiere. Pero también creo que eso abrió muchas posibilidades narrativas. El streaming permitió contar historias más arriesgadas, más complejas y con formatos distintos. Al final, lo que cambió fue la forma de llegar al público, no la necesidad de buenas historias.” 

Esta brecha no solo ha transformado la forma en la que se producen historias, sino las historias que se producen. “Creo que hoy el público es mucho más exigente. Ya no basta con una fórmula. La gente busca autenticidad, personajes con verdad y narrativas que realmente los involucren. Para que una historia funcione hoy necesita honestidad. Cuando algo está bien contado, con buenos actores y una visión clara, la gente lo reconoce sin importar el formato o la plataforma.” 

Si bien ha hecho villanos memorables, protagonistas intensos y figuras vulnerables, admite no tener favoritismo por ser el antagonista o el héroe de la historia. Más bien, se inclina por aquellos que resaltan sus propias contradicciones. “Los que no son completamente buenos ni completamente malos. Los seres humanos somos así: complejos, ambiguos. Como actor, esos personajes son más interesantes porque te obligan a explorar matices y a entender qué mueve realmente a alguien”. Con un sinfín de vidas (de ficción) a sus espaldas, es casi imposible señalar aquel que más lo ha marcado. “Hay personajes que te obligan a hacer preguntas incómodas sobre quién eres y de qué estás hecho. Esos son los que se quedan contigo, porque al final el trabajo del actor también es un viaje de autoconocimiento”. 

Más de 30 años de carrera después, puede admitir que lo mejor que le ha dejado esta carrera es poder vivir tantas vidas a través de los personajes y conocer a gente extraordinaria en el camino. “Esta profesión te permite viajar, aprender, observar el mundo desde muchos ángulos. Lo más difícil, quizá, es la incertidumbre. Es una carrera donde nada está garantizado y donde constantemente tienes que reinventarte. Pero también esa incertidumbre es parte de lo que la mantiene viva.” 

Si pudiera hablar con el pequeño Alejandro que bailaba y cantaba; veía telenovelas y programas de TV y repetía las escenas con sus amigos y cantaba a sus hermanos, él insistiría en que siga jugando, soñando y que no tenga miedo de ser quien es. “Muchas veces uno crece pensando que tiene que encajar en ciertos moldes, pero con el tiempo entiendes que lo más valioso es justamente tu singularidad”.